Ana Tenías propone el 13 de diciembre de 2025 en eldiario.es Gaza: el poema hizo su parte, de Nasser Rabah, entre su elección de 20 libros de poesía
Poesía entre los escombros: Gaza: el poema hizo su parte de Nasser Rabah
Crecen rosas en los cascotes. Y desde una Gaza devastada por el genocidio nos llegan los diamantes poéticos de Nasser Rabah, destellos de la fuerza de vida de una sociedad palestina que vencerá a la muerte.
3 agosto, 2025 | Joan Arnau | De Verdad digital
Nasser Rabah es otro más de los hombres y mujeres palestinos que luchan por sobrevivir y proteger a su familia. Una existencia amenazada por un criminal genocidio que sacude la conciencia de todo el planeta.
Pero Nasser Rabah es también, y sobre todo, poeta. Debajo de las bombas, viviendo en casas destruidas, sin apenas comida, no puede dejar de escribir. Sus versos se elevan al cielo porque surgen desde el fondo del infierno. Miran el horror transformado ya en tragedia cotidiana, y lo retratan desde un dolor infinito, inabarcable. Pero sus poemas se alimentan de la fuerza de un pueblo indoblegable, al que el poeta da voz. Tal y como el mismo Nasser nos plantea: “mis poemas son tristes, hablan de la herida que nos causa esta guerra, pero también de la supervivencia, de la fuerza de la gente y de su humanidad, que resiste pese a que Israel la intenta pisotear”.
Rabah sabe que un poema no puede capturar la magnitud de lo que se sufre en Gaza. Pero tal y como nos recuerda “la poesía no está para hacer el trabajo de la prensa o la televisión, sino para retratar lo que la cámara no puede ver: los sentimientos, el silencio y el dolor”.
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo acaba de publicar “Gaza: el poema hizo su parte”, un compendio de los versos más actuales de Nasser Rabah. Su lectura nos impacta y nos conmueve. Sus versos son de una belleza trágica, y surgen de una voz poética arrasadora.
Muchos poetas han sido asesinados en Gaza. Hiba Abu Nada o Refaat Alareer siguieron escribiendo hasta el mismo día en que las bombas del ejército israelí les arrebataron la vida.
Pero los poetas siguen escribiendo en Gaza. Y Nasser Rabah es quizá el más grande de ellos. En permanente diálogo con la gran tradición poética palestina, representada por Mahmud Darwish. Y que hoy siguen enarbolando muchos jóvenes poetas palestinos que reconocen a Nasser Rabah como una referencia.
Rabah sabe, vive, el papel imprescindible de la poesía, incluso en los momentos más extremos: “Los poemas del genocidio no son el resultado de una experiencia o una visión meramente personal: el dolor es más que nunca colectivo y precisa encontrar en la poesía un cauce de expresión. El poema es como la cometa de un niño que ondula en el aire, tiene vida propia y está a merced de lo imponderable”.
Buscar, encontrar la poesía, es una tarea primordial: “en tiempos de guerra, veo la poesía casi como un deber patriótico, una misión nacional para documentar el desastre histórico y expresar las preocupaciones de la gente sometida a bombardeos y desplazamientos. Mi misión sigue siendo encontrar poesía entre los escombros de Gaza”.
“Mi misión sigue siendo encontrar poesía entre los escombros de Gaza” (Nasser Rabah)
Patria fuera de servicio
El gimnasio está fuera de servicio.
¿A quién le importa? No tengo tiempo para cuidar mi cuerpo
frente a espejos hechos añicos:
¡Para qué! No hay cafés para lucirse un jueves, ni balcones
para una tarde de domingo.
La luz se va por todas partes.
Las bibliotecas se buscan a sí mismas entre las cenizas.
No importa… Ningún libro conmueve mi corazón tras el libro
de los tanques.
La vida y yo:
un ciego de rodillas entrega un anillo de luz a una ciega.
Lo que queda es la imaginación,
un músculo incansable.
La imaginación es el café de los extraños, los espejos
del inconsciente, las bibliotecas de los cautivos.
La imaginación es lo que nos queda para hacer una patria
de la nada.
(Nasser Rabah, poeta de Gaza. 26 de junio de 2024)
El poema hizo su parte
El poema hizo su parte y se marchó. Ya no hay fiesta ni celebración de nacimiento. No hay flauta que guíe a quienes acuden a la oración del encuentro. No hay nubes con las que intercambiar elogios, ni árboles que me llamen con hermosos nombres o extiendan mi sombra. Rezo a una ventana: su raíz está en mi corazón, y tiende sus ramas sobre mi nostalgia.
Los poetas
En el pasado, los poetas tenían un sexto dedo en cada mano, para que la mano pudiera soportar el dolor de escribir. Tenían tres sentidos adicionales: leer lo invisible, comprender el lenguaje de las abejas y los árboles y curar a los amantes.
No tenían nada en lugar del corazón, para poder pasar por el dolor de la vida hasta el final sin una muerte prematura.
Cuando morimos
Cuántos murieron, ya no importa, cuántos hemos muerto, no hay memoria para contar. La guerra es un cielo feo, música de fondo para un holocausto repetido. Cuántos murieron, ya no importa, las manos quemadas no saben contar.
Artículo completo en De Verdad digital https://deverdaddigital.com/poesia-entre-los-escombros/
Versos que lloran a los escombros de Gaza
03.08.25 – Vitoria-Gasteiz, España – Ali Salem Iselmu Abderrahaman – Pressenza
POESÍA
Al poeta palestino Nasser Rabah lo conocí a través del poeta argentino David Wapner, de allí nació la idea de traducir su libro “Caminantes con vestidos ligeros”. Cuando me llegaron los poemas, al principio no los podía descifrar en mi ordenador, eran símbolos

ilegibles. Después me llegó un documento PDF el cual me permitió conocer la obra de Nasser.
Yo había leído poemas de Mahmud Darwish, de Semih El-kasim y algún relato del escritor Ghassan kanafani, esa era mi experiencia en la literatura del exilio y refugio de Palestina.
Gracias a David Wapner autor del prologo de “Caminantes con vestidos ligeros” los poemas de Nasser atravesaron el atlántico, llegaron a las manos del editor mexicano Antonio Revilla y el poemario se publicó a finales de junio de este año después de un arduo trabajo.
A medida que me adentraba en los poemas sentía que eran míos. El exilio, la nostalgia y la tristeza estaban en cada verso, en cada palabra. Gaza estaba delante de mis ojos, la recorría en el corazón y en la memoria de un poeta.
Con cada verso lloraba en silencio al ver la destrucción ante mis ojos. Hojeaba una página después otra, me encontraba a medida que avanzaba en la traducción con poemas como “Tu vieja melodía” que me dejaban mudo, cuando describían el dolor de una ciudad:
«Es tu tiempo en la ciudad muerta
debajo de cada alegría que ha perecido
es el tiempo que has de cargar con mis hombros
con el saco de harina
llevar los días de un destierro a otro
completar tu vieja melodía».
La obra de Nasser me recordaba poemas míos como “Limpiaré mis lágrimas” o “Somos apátridas del cielo”. De pequeño vi las bombas caer sobre los campamentos saharauis en plena huida a la hammada de Tinduf en Argelia, yo tenía nueva años, me escondía detrás de mis padres para no ver el fuego de la metralla atravesar el cielo.
Cuando veía las imágenes de los bombardeos en televisión, la muerte de cada gazatí en busca de comida. Volvía a mi mente el horror de la infancia, la muerte de niños por hambre y desnutrición. Una deshumanización contraria a cualquier ética o moral. Nasser describe ese dolor en un canto que nace entre la mole de escombros:
Gaza, Gaza.
Eran testigos el muro, la hierba y el árbol
cuando vieron el cráter que dejó la explosión,
escucharon su boca abierta gritar:
“devuélvanme mi cuerpo”.
Hoy la Universidad Autónoma de Nuevo León de México, Monterrey, ha editado el libro “Caminantes con vestidos ligeros”. Los versos de Nasser vuelan por encima de los muros, del bloqueo y el asedio, llaman a cada uno de nosotros, nos interpelan y nos interrogan cada vez que observamos el ocaso o el amanecer.
Nos hablan en la soledad de cada página, entre cada silencio. Nos llevan de vuelta a Gaza para recordarnos aquella franja de tierra convertida hoy en un nuevo monumento, quizás otro Auschwitz, cuando el poeta vuelve a clamar:
Era tierra.
Yo era tierra como otra,
sencilla, ajena al tiempo
a la distancia, a los viajeros.
Una piedra rodeada todo el tiempo por una pared ciega
en la que cada día se cuenta por las tristes heridas
de los cautivos del silencio y el frío,
de los muertos que partirán
los que vendrán a mí.
Creo firmemente en la poesía, en el poder de la palabra. Observo la humedad de la mañana, los rayos de sol, la lluvia de diminutas gotas. Me acuerdo cuando fui expulsado de mi ciudad, de la península de Dajla, bajo el fuego de las balas. He allí donde nacen mis lágrimas en los versos de Nasser, en los niños de Gaza. Entonces me acuerdo del Sahara y los saharauis en cada grano arena, en cada palabra, en estos versos:
Somos apátridas
que lloramos a la lluvia
a la nube que se precipita
a la montaña que guarda nuestra voz,
somos aquellos errantes
un pueblo que siembra una raíz,
al que expulsaron de los pastos
del océano de arenas blancas.
Gaza necesita volver a vivir, a surgir del hambre, de la muerte y curar sus heridas. En los versos de Nasser Rabah hay una esperanza perdida, un deseo de libertad, una lágrima en los ojos de cada niño que yace debajo de los escombros.
Artículo completo en pressenza y No te olvides del Sahara Occidental
NASSER RABAH | (Gaza, 1963)
El poeta Nasser Rabah nació en Gaza en el campo de refugiados de Magazi, en los que la UNRWA situó a familias expulsadas por Israel de pueblos del centro y sur de Palestina. Vive en Gaza, negándose a abandonar la Franja, padeciendo con tenaz resistencia y justa rebeldía las últimas cinco guerras de Israel contra la Franja (2008 – 2021), además del genocidio en curso.
SALIENDO HACIA MI ASOMBRO
I
Saliendo hacia mi asombro, la prisión me dijo:
“Llévate mi olor contigo”.
Le contesté yo:
“Me desnudaré en la puerta”.
Y la prisión respondió:
“Mi aroma es óxido que trepa a los recuerdos;
saldrás de mí, pero yo quedaré en ti prisionera.
Permaneceremos juntos
hasta que tu memoria se desgrane:
reirás sin felicidad, llorarás sin dolor,
te quedarás mirando tu eterno vacío”.
La prisión dijo:
“Soy tu silencio,
preocupado por la distancia y el alcance,
soy el espíritu que derramaste en mí,
tus rasgos que poco a poco toman forman
de pequeña habitación vacía”.
II
La prisión no quebró su espíritu,
sólo destapó su esencia.
El espíritu se evaporó en el patio cercado,
y su hez se pudrió en la oscuridad de la espera.
III
En los muros de la prisión dejamos nuestras uñas,
crecen en la oscuridad como una zarza maldita.
El rencor se apodera sobre ella …
cada vez que olvidamos.
IV
Huyendo de la azulada prisión,
el azul saltó de su cuadro hacia el mar.
V
Las flores no crecen en la prisión …
el aire es salado
y la tierra ensangrentada.
VI
El prisionero volvió a su casa …
pero no la encontró,
volvió a su vida …
pero no la encontró,
no encontró más que su desconcierto
como una escalera
y trepó por ella hasta mi corazón.
Encontramos este poema en el libro “Gaza: el poema hizo su parte” de Nasser Rabah (Traducción del árabe de Alberto Benjamín López Oliva – Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2025)
La Campana, 9 de septiembre de 2025
Nasser Rabah lee su poema “Nadie quiere ver”
Este video fue armado y publicado a principios de noviembre por David Wapner (quien también tradujo el poema al castellano) con registros grabados por el propio Nasser Rabah, poeta de Gaza, con su teléfono: una travesía por la destruida y masacrada Khan Yunis, un ataque a un comercio del campo de refugiados Maghazi, la elaboración de aceite de oliva con aceitunas cosechadas del único árbol sobreviviente de su olivar, una foto de sus dátiles que prepara para Ramadán. En la parte final del video Nasser Rabah lee su poema “Nadie quiere ver” en su lengua original.
***
NADIE QUIERE VER
Hace un año que no escucho una canción en la calle,
casi nadie baila en una boda,
el autobús escolar ni entra ni sale
y nadie compra una rosa para nadie.
Desde hace un año repartimos el asqueroso pastel de la guerra,
sin olvidarnos de un niño, de un jardín, de un libro, de un deseo.
Durante el día entrenamos nuestros ojos para que naden en sangre,
para que no se mojen,
y cometan un error al contar nuestros miembros perdidos,
lo practicamos por la noche para iluminar el dolor,
y encender un fuego en la leña que espera.
Hace un año que no pasó nada.
y nada dejó de pasar.
Ven y abre tus ojos hasta el fin, oh muerte:
somos la eterna víctima imposible,
llora en silencio, sí, y grita hasta rasgar el vestido del cielo.
Somos la herida que abrió el Minarete,
cuya sangre dejó en el camino al Gólgota,
quien, a diferencia de todas las víctimas, no ve al asesino de sus hijos.
No lo ves en las lágrimas,
no lo ves en el poema,
no lo ves:
no lo ves:
Nadie puede ver la plaga.
***
Publicación completa en COMUNIZAR, REVISTA CRÍTICA ANTICAPITALISTA
Nasser Rabah – La Realitat

Nasser Rabah va néixer a Gaza en 1963 on continua vivint.
És un poeta i novel·lista, resident d’un camp de refugiats. Es tracta d’un dels escriptors contemporanis en llengua àrab més innovadors. Va obtenir la seva llicenciatura en Ciències Agrícoles en 1985, abans de treballar com a director del Departament de Comunicació del Ministeri d’Agricultura. És membre de la Unió d’Escriptors i Autors Palestins i ha publicat cinc col·leccions de poesia: Running After Dead Gazelles (2003); Uno de nadie (2010);Transeúntes con ropa invisible (2013); Agua, sed de Agua (2016); Elogio del Robin (2020) i una novel·la, Desde aproximadamente una hora (2018).
UN BALCÓN SUSPENDIDO EN EL CIELO
No soy un soldado, pero me he visto en la guerra con uniforme
militar cuando compro el pan, duermo o resucito
tras la última noticia. Dispongo la pólvora a ambos lados
del camino al cementerio, y siembro todos los fragmentos
de metralla que puedo por los campos del recuerdo, cada
vez que el olvido cosecha perdón y amigos. Cada vez que
me cortan un brazo, alzo la inquebrantable bandera del
hastío. Reúno a los hijos con sus padres y a los pobres
con los pobres. Paso una a una las cuentas del rosario de
lágrimas de las madres de esta historia.
Ilumino la penumbra del corazón con la vela del miedo, y
cuando estalla el bombardeo, unto las paredes con su cera
verso a verso. Recompongo lo que se ha caído del muro
del tiempo, recojo lo que ha florecido de las balas de mis
enemigos, enseño a los niños, por si crecieran, cuándo
orar por la tierra.
No soy un soldado, pero me he visto en la guerra como el
balcón del edificio al que han alcanzado, suspendido en
el cielo, observando a los vecinos correr hacia playas asfaltadas,
antes de la nueva oleada de bombardeos. He visto
casas sobrevivir a los impactos gracias al error de un joven
piloto. La destreza del fotógrafo que llevó al hospital la
foto. La casualidad de encontrar a un médico especialista
en heridas de casas. La ambulancia que espera en el umbral del dolor como
una mujer embarazada, exhausta y
mareada por el sol de agosto.
No soy un soldado, pero me he visto en la guerra como
ángeles que aplauden a soldados, como una madre que
lava sudarios, como una casa que sostiene la ropa de sus
inquilinos, que siempre regresan para que se quede tranquila.
Me he visto confiando a mi bolsillo la carta de una
bomba que luego arrugaré como el recibo de la luz, guardándoles
la pelota a los niños por si tras la guerra vuelven
sin piernas. Espero el llanto que no llega, pues como yo,
en la guerra ha perdido su reloj y su sombra, quedándose
sin amigos.
¿Quién elevará a los niños hacia Dios antes de que los
crucifiquen? ¿Quién dejará que los vivos ronden sin parar
en torno al noticiero desde el abismo del mito? ¿Quién
le dará a la ciudad su derecho a pan antes de dormir, su
derecho a un puerto para que camine lentamente, como
cualquier otra, sobre el agua de la vida?
¿Quién sacará al civil del uniforme del soldado, al soldado
del uniforme del político, al político del uniforme del
religioso, y al religioso del uniforme de los necios? ¿Quién
sacará a la ciudad de la hipocresía de los trajes?
No soy soldado, pero me he visto en la guerra preparando
la escena final de mi muerte para que los vivos festejen
mi partida.
Artículo completo en Realitat.
