Mosab Abu Toha

Traducción del inglés de Joselyn Michelle Almeida.

El presente poemario del joven poeta gazatí Mosab Abu Toha inaugura nuestra colección «Poesía necesaria». Se trata de un libro sin concesiones, donde el dolor, la ternura, la rabia, la resiliencia, sumud en árabe, se hace poema que golpea nuestras conciencias y no deja lugar a la indiferencia.

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Vídeo de la Presentación en Casa Árabe de Madrid el 26 de noviembre de 2024

Vídeo de la Presentación en el Ateneo La Maliciosa de Madrid el el 11 de junio de 2024

 

No lo sé

Una habitación con libros

Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá sea alguna sala de la biblioteca que fundó en Ciudad de Gaza

 

Elena Medel Texto

Una mujer y su hija se reencuentran con un hombre -marido, padre- que escapa de la guerra. Ella se llama Concha Méndez y la acompaña Paloma, de cuatro años; el hombre, Manuel Altolaguirre, se reúne con ellas en París tras cruzar la frontera y penar en campos de concentración y hospitales psiquiátricos. Lo dictó Méndez a la hija de su hija, Paloma Ulacia Altolaguirre, en un volumen titulado Memorias habladas, memorias armadas, en Renacimiento. Tras descansar la primera noche en un hotel, la familia recibió la invitación de Paul y Nusch Éluard -poeta él, artista ella- para instalarse en su casa de Saint-Denis.

Méndez explica la generosidad de los Éluard por la empatía de quienes habían sufrido el hambre y la enfermedad en la Gran Guerra, y se recrea en «un detalle que nos llenó de emoción. Éluard había puesto en las repisas de nuestro cuarto una serie de libros de poesía española que había comprado especialmente para nosotros, porque él no leía español«. Luego partirían al exilio en América, pero quedémonos ahí: en ese fragmento convertido en un lugar. La página 111 de las Memorias se transforma en la habitación de una casa al norte de París; una habitación en una casa con un jardín baldío, en el que Méndez se distrae cada mañana sembrando plantas que nunca verá florecer.

Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá se trate de la de su adolescencia, después de su infancia en el campo de refugiados de Shati, o de la que compartió con su esposa y sus tres hijos en Beit Lahia, o incluso de alguna sala de la Biblioteca Edward Said, que fundó en Ciudad de Gaza: un centro cultural con actividades literarias, talleres de informática o clases de idiomas, que ofrecía un respiro en el asedio.

Esas habitaciones las he leído en su poemario Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído, que el año pasado publicó Ediciones del Oriente y del Mediterráneo -qué catálogo espléndido-, con traducción de Joselyn Michelle Almeida. El libro incluye algunos de los poemas que llevó consigo a Estados Unidos; intentando pasar a Egipto, Abu Toha fue secuestrado y torturado por el ejército israelí. En ‘La metralla busca la risa’ las bombas derriban la casa de sus vecinos, en la que «todos han muerto: / los niños, los padres, los juguetes, los actores de televisión, / los personajes de las novelas y los libros de poesía, / ‘yo’, ‘él’ y ‘ella’. No quedan pronombres».

Otros poemas se fechan ya en el tiempo del exilio. Quien busque rabia, la encontrará; también denuncia, crudeza. Pero sobre todo Mosab Abu Toha reivindica su derecho a la creación, a la posibilidad de escribir sobre el genocidio desde la belleza, la imaginación, incluso el humor. Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído se abre con un poema muy lúdico, ‘Palestina de la A a la Z’, en el que desde cada letra del alfabeto inglés -alterna esta lengua con el árabe; me interesan mucho sus reflexiones sobre la implicación política de este gesto, y sus contradicciones- repasa su memoria íntima y la vincula con la del país. Asigna la b a ‘libro’, por book y border, ‘frontera’. «Un libro que no menciona ni mi lengua ni mi país, y tiene mapas de todos los lugares salvo el lugar donde nací, como si yo fuera un hijo ilegítimo de la Madre Tierra». Para la letra f escoge friends, ‘amigos’, y fish, ‘pez’, compañía y alimento, y por eso regresa a «los libros de mi salón en Gaza, los poemas en mis libretas, todavía solos». Enumera todos los lugares -las habitaciones- de su felicidad, hoy en ruinas, y el texto lo impregna de dolor y de ternura, de nostalgia feliz y de estremecimiento.

¿Para qué sirve un libro? No me refiero a una cuestión emocional, o sí: pienso en su utilidad, en el provecho que brinda a quien lo posee y a quien lo lee. Para qué sirvieron los libros que Paul y Nusch Éluard compraron en un idioma extranjero. Para qué sirvieron los libros que Mosab Abu Toha consiguió para la Biblioteca Edward Said, los que dejó en su casa de Beit Lahia, los que escribió y no logró salvar y ahora se mezclan con ceniza y cascotes.

Para qué mencionar para qué sirven los libros -los libros, para qué- cuando la cifra de asesinados, heridos y desaparecidos en el asedio de Israel a Gaza aumentará entre el momento en el que la teclee y el momento en el que la leas. La edición española de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído se cierra con una entrevista a Mosab Abu Toha por el poeta estadounidense Ammiel Alcalay, judío. Conversan acerca de la historia de la familia de Abu Toha, marcada desde 1948. Él menciona a sus muertos; estremecen sus amigos, jovencísimos. Se detienen en la literatura, en la relación con la tradición palestina, en cómo la ocupación ha invadido lo que escriben y el compromiso no se entiende como opción. Abu Toha se detiene con orgullo en el mencionado proyecto de la biblioteca.

Meses después, en enero de 2025, el ejército israelí la destruyó en uno de sus ataques. Diría que aún existe, porque existe en sus palabras de Mosab Abu Toha. Mentiría.

[Elena Medel | El Mundo | La Lectura | 21 de septiembre de 2025]

 

 

 

EL HORROR EN LAS PEQUEÑAS COSAS

No cabe duda de que la realidad que transcurre por entre las páginas de este poemario de Mosab Abu Toha, es terrible y desoladora, pero quizás lo que acentúa esa constancia es la delicadeza con que lo cuenta; su mesura. O mejor, su dignidad. No se ceba en la rabia, la venganza o la morbosa descripción de los crímenes que ocurren a cualquier hora cada día, pero levanta el acta. Él interpela, cuenta, expone serenamente sin pretender compasión ni complicidad; tan solo que escuchemos lo que tienen que decirnos los que están al otro lado. Que escuchemos de una vez por todas. Y eso es lo que conmueve. Esa manera de describir la vida diaria de niños jugando en las plazas, escolares yendo a clase, de agua hirviendo para el café, de las fresas madurando y los bebés naciendo, con los drones pendiendo de un hilo sobre los simulacros de normalidad. una rutina normal. Él desgrana las tareas de quienes no quieren dejar de ser seres humanos, que se levantan cada día para cumplir sus obligaciones; que  llevan los relojes a arreglar, o leen los periódicos y se obstinan en cumplimentar la rutina mientras la metralla perfora los cristales, los edificios se derrumban y van quedando, cada vez, menos cosas que sobrevivan a sus dueños. Y menos dueños que sobrevivan a las cosas. Mosab sabe lo que es la aniquilación, sabe de cuerpos despedazados y de explosiones rompiendo tímpanos y acelerando el bombeo de la sangre, de críos que no saben distinguir una nube de vapor de agua de una de polvo; en Palestina, el olor a pólvora no significa fiesta sino un puñado de nombres tachados de la lista. A medida que el poemario avanza va dando detalles, poco a poco amplía la información. No oculta la herida, pero va desprendiendo la gasa con cuidado. Cuando nos queremos dar cuenta, el horror está ahí; nos ha ido introduciendo en él suavemente, sin empujar. Él nos lo muestra, pero no insiste. No insiste más de lo preciso porque lo que también sabe es que su realidad está al otro lado del mundo. Del mundo que lo ha expulsado y no se quita las gafas de sol para no ver el color verdadero de la sangre. El mundo del “vive y deja morir” encogiéndose de hombros porque no tenemos por qué inmiscuirnos en la vida de nadie. El mundo que hace una transferencia a la Cruz Roja con la mano derecha para paliar en algo las fechorías que perpetran sus envíos de armas con la mano izquierda.  Cada uno en su casa y Dios o Alá o quien sea, en la de todos. Porque, mientras estamos aquí para escuchar el sobrecogedor don de la poesía, ¿qué nueva desgracia se estará cerniendo sobre los suyos? ¿cuántos hospitales quedarán de pie cuando terminemos esta reunión? ¿podrán nuestros aplausos imponerse al estruendo de las bombas? Al llegar a este punto soy consciente de que me voy a meter en aguas pantanosas. No quisiera traspasar ciertas líneas de seguridad que controlan la estabilidad de mi espíritu, pero es inevitable volver a cuestionarme una vez más, qué sentido tiene que la poesía nos emocione sentimentalmente y no sacuda nuestras conciencias para hacer que nos arremanguemos. Tanto poeta como hay en el mundo, tanto intelectual, tanto artista bienintencionado, ¿no podríamos servir como una cámara acorazada que mantuviera a raya las injusticias y la destrucción?

Cuando íbamos a dar los conciertos en los campamentos del Sáhara, en el campo de refugiados de Damasco o en la Plaza del pesebre de Belén, recibíamos esta clase de comentarios, con escepticismo, o con censura y, aunque yo no he encontrado respuesta convincente y ni tampoco me he desanimado del todo por ello, me ha dado suficiente combustible para agitar y hacer funcionar mis cavilaciones.

Pero si Mosab en medio del espanto, mientras retumban las paredes y el suelo en cualquier momento puede convertirse en un volcán, es capaz de sentarse en un supuesto columpio para enhebrar palabras y construir imágenes de una novedad y una fuerza sorprendentes, me siento absuelta de culpa por hacer lo que soy incapaz de dejar de hacer: intentar utilizar las palabras como aldabones.

Porque no sé cuántas cosas podemos hallar en el oído de Mosab, aparte del rumor de las caracolas y alguna de las historias de las que él dice que le contó su abuelo, pero él sí sabe hallar cosas impensadas. Él ha hecho unas asociaciones, envidiables, que son otros tantos hallazgos que enriquecen su poesía. Si las perlas son el resultado de la herida de una ostra, este poemario cumple el requisito.

El libro contiene fotografías. Pero el libro no es un álbum. Las fotografías son otros tantos poemas como fogonazos que hieren más por lo que significan que por lo que muestran. Un espejo roto, ¿qué puede tener de siniestro si no es porque el pedazo que falta ha hecho añicos la imagen del poeta?  No, no son fotos mudas. No son reflejos, son reflexiones. Como la foto de la soga. La soga que se estrecha y estrangula, la que va reduciendo inexorablemente el mapa de Palestina que antes ocupaba una hoja entera de mi cuaderno de Historia Sagrada en mis años escolares. ¿Qué mapa se dibujará ahora en los colegios palestinos? aunque… ¿quedará todavía algún colegio? ¿seguirán los pupitres alineados y las pizarras no se habrán desprendido de las alcayatas que las fijan a las paredes? ¿quedarán paredes?

He salido del libro como si emergiera a la superficie, después de una extraña travesía, sin haber recuperado aún el equilibro sobre la tierra firme. Y con una imagen fija delante de mí, la primera que abre el libro y siento una inexplicable desazón. Lo mismo es miedo. Miedo al ver que una manzana, espontáneamente, rueda hasta alcanzar el borde de la mesa, antes de que estalle la explosión.

 

Ana Rossetti

Cosas-que-tal-vez-halles-ocultas-en-mi-oído-Mosab-Abu-Toha-Carlos-Alcorta-El-diario-montañés-No-hay-lugar-para-la-indiferencia
Artículo de Carlos Alcorta en El diario montañés sobre «Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído», del poeta palestino Mosab Abu Toha.

 

Mosab-Abu-Toha-Mi-abuelo-era-un-terrorista-Reflexión-y-liberación-Chile-junio-2025
En Reflexión y Liberación, Francesca Fornario, desde Roma, publica «Mi abuelo fue un terrorista», del poeta palestino Mosab Abu Toha.

El poeta palestino Mosab Abu Toha, nació en Gaza, ‘donde no elegí nacer, porque yo, al igual que tú, no pude elegir el lugar donde vine al mundo’, sus escritos hablan de casas derrumbadas, familias asesinadas y el miedo a ir al baño porque la bomba podría caer en ese momento y morir desnudo… nadie quiere morir.

Mosab habla así en 2022, al presentar su primer poemario, ‘Cosas que puedes encontrar ocultas en mi oído‘, publicado por la legendaria City Lights de San Francisco, fundada en 1953 por Lawrence Ferlinghetti. En 2022: el año anterior al 7 de octubre de 2023, cuando Gaza ya había sido bombardeada tantas veces que los padres usaban los bombardeos para recordar la fecha: ‘Por ejemplo, en nuestra zona se dice: Mi hijo nació durante la guerra, o Mi hijo nació dos meses después de la guerra’.

Mosab comenzó a escribir poesía en 2014, después de la operación militar israelí que arrasó barrios enteros y antes de la operación militar israelí que arrasará aún más barrios : ‘La mayoría de mis poemas tratan sobre la oscura realidad de Gaza. Aquí la gente piensa en la muerte y las guerras; no pueden pensar en el mañana ni en el futuro, porque siempre tememos que la historia se repita’.

Y toda guerra -que no es una guerra, cuando de un lado está la fuerza aérea y del otro, civiles indefensos- nos arrebata edificios, familias, sueños: ‘Por eso maduramos tan rápido. Tenía nueve años cuando vi un helicóptero disparar contra un edificio y derrumbarlo’. Viviendo en estas condiciones, nos vemos obligados a dejar atrás nuestra infancia. La guerra nos envejece, aumentando nuestro sufrimiento y nuestro dolor. Ahora que soy padre, me veo a través de los ojos de mis tres hijos, que ahora viven en condiciones aún peores que cuando yo era niño.

Empezó a escribir poemas en inglés, Mosab, para que los escucháramos. Para denunciar al mundo lo que Israel, con la complicidad de los gobiernos occidentales, les estaba haciendo a los palestinos: ‘Cuando escribo en inglés, pienso en un oyente occidental como si le hablara directamente para contarle lo que está sucediendo aquí en Gaza’.

Nos escribe porque quiere que nos pongamos en su lugar: ‘La ocupación intenta manipular las acciones de las víctimas —los palestinos— y convertirlos en terroristas. Si alguien odia a otra persona, pensará que todo lo que hace es malo, sin importar lo que haga, incluso lo más inocente. Los colonos, los ocupantes, siempre nos temen, hagamos lo que hagamos, porque saben que este no es su hogar ni su tierra’. Escribe sobre su abuelo, un refugiado: ‘Para mí, mi abuelo representa a Palestina. El ocupante cree que mi abuelo o cualquier palestino es un terrorista, pero yo muestro quién eran realmente’.

Mosab escribió en 2014, cuando, según documentos de la ONU, en menos de dos meses, más de 12.000 apartamentos fueron completamente destruidos por la artillería israelí y otros sufrieron daños tan graves que no pudieron seguir habitados. 2.251 palestinos murieron a causa de las bombas israelíes, en su mayoría civiles. Entre ellos, 551 niños y 299 mujeres. En el mismo período, también murieron 66 soldados israelíes y cinco civiles, incluido un niño. 11.231 palestinos resultaron heridos, entre ellos 3.540 mujeres y 3.436 niños, un tercio de los cuales tenían discapacidad. Casi 300.000 palestinos fueron desplazados.

He cumplido 27 años y no he salido de Gaza ni una sola vez: esto es una privación. Nunca he tenido la oportunidad de tener una vista aérea de Gaza ni de mi casa, porque no hay aeropuerto. Estamos asediados por todos lados. Al final comprendí que en Gaza se nos impide siquiera imaginar el mundo que nos rodea.

El siguiente poema está dedicado a su abuelo*, quien se vio obligado a vivir en una tienda de campaña después de que los colonos ocuparan su casa. ‘Seguimos viviendo en una tienda de campaña, abuelo’, escribió Mosab en 2024, antes de lograr salir de Gaza con su esposa y sus tres hijos. En el cruce de Rafah, la policía israelí lo arrestó, lo retuvo durante tres días, le rompió los dientes, le llenó los moretones y le confiscó todas sus bolsas con ropa para los niños. Su madre y su familia siguen atrapados en Gaza.

Les hablo de Mosab porque estoy convencida de que lo más importante en la vida es ponerse en el lugar del otro. Si pudiera elegir una superpotencia, sería esta. Otro poeta palestino fallecido en el exilio, Mahmoud Darwish, lo dice en uno de sus poemas: ‘Piensa en los demás‘: Cuando estés a punto de regresar a casa, a tu hogar, no olvides a la gente de las tiendas. Mientras duermes contando los planetas, piensa en los demás, en aquellos que no encuentran un lugar donde dormir. Los poemas de Mosab Abu Toha nos ayudan a ponernos en su lugar, en el de su abuelo, en el de todas las víctimas de décadas de ocupación y segregación en violación del derecho internacional, de la limpieza étnica de la que nuestros gobiernos son cómplices.

Publicó este poema para el mundo desde la Biblioteca pública Edward Said que Mosab, a los 24 años, fundó en Gaza con libros en inglés que pidió como regalo de todo el mundo. La biblioteca fue arrasada hace meses por la artillería israelí.

*Mi abuelo era un terrorista*

Mi abuelo era un terrorista.
Cuidaba su campo,
regaba las rosas del patio,
fumaba cigarrillos con mi abuela
en la playa amarilla, tumbado allí
como una alfombra de oración.

Mi abuelo era un terrorista:
recogía naranjas y limones,
iba a pescar con sus hermanos hasta el mediodía y
cantaba una canción reconfortante de camino
al herrador con su caballo pío.

Mi abuelo era un terrorista.
Preparaba una taza de té con leche y
se sentaba en su tierra verde,
suave como la seda.

Mi abuelo era un terrorista.
Salía de su casa,
dejándola para los invitados que llegaban,
dejaba un poco de agua en la mesa, la mejor,
para que los invitados no murieran de sed después de su conquista.

Mi abuelo era un terrorista.
Caminó hasta el pueblo seguro más cercano,
vacío como un cielo sombrío,
vacío como una tienda desierta,
oscuro como una noche sin estrellas.

Mi abuelo era un terrorista.
Mi abuelo era un hombre,
el sostén de diez familias,
cuyo lujo era tener una tienda de campaña,
con una bandera azul de la ONU colocada en un mástil oxidado,
en la playa, al lado de un cementerio.

Francesca Fornario – Roma

 

Información adicional
Colección

POESÍA NECESARIA, 1

ISBN

978-84-127649-2-5

Año de edición

2024

Páginas

160

Tamaño

210 x 125 mm

Peso

221 g